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Sobrecogido, Elías presenciaba
un desfile de dioses enfundados
en túnicas de horror y sobresalto,
y no tenía el corazón tranquilo.

Vientos huracanados, sacudidas
de rocas contra rocas, tormentosos
aguaceros, hilaban sus torturas
en progresión salvaje.
Eran dioses menores.
Allí no estaba Dios.

Porque Dios no es temible, sus pisadas
no aterrorizan, nunca fue espantosa
su voz para el que vive atento la callada
presencia de su aliento, a la fricción
imperceptible de su tránsito.

Dios calla su presencia:
Dios está sin estar, pasa sin darse
a conocer, reside
donde no atisbe nadie el paradero.
Sólo quienes no miran
pueden verle, le escuchan claramente
quienes tienen cerrada
su puerta a otros rumores,
presienten su presencia
quienes se olvidan de que están. Dios funde
en cristal su estatura.
Y pasa siempre. Está pasando
sin cesar, como un soplo
de luz. Pasa despacio y silencioso
con su peso de sombra evanescente,
como el peso de tamo de un susurro.

Y entonces sí,
Elías percibió como un suspiro
leve y adelgazado
soplo, sombra de ruido amortajado,
roce de beso, la presencia huidiza
de Dios, porque no estaba;
era sencillamente.

Francisco entona el Cántico de las Criaturas