Yo era Pedro también, aquella tarde,
junto al rumor verde del río.
No entendí entonces que tu pie
tuviera que pisar, para salvarnos,
el rescoldo encendido de tu muerte.
Tu muerte me aterraba. No sabía
que pudiera tu muerte florecer
blanca como un cerezo en las manos de Dios.
Hoy sé que me has nacido,
nuevo, recién resucitado,
en el sepulcro arrinconado y triste,
vacío tantas veces, como el tuyo,
del alma. Hoy nuevamente lo he sabido.
Resucítame a mí, cada mañana,
cuando voy a tu encuentro y me arrodillo,
mientras mis manos pulsan recogidas
la luz de tu presencia,
al consagrar el pan y alzar el vino.
Resucita del todo
en mis palabras, en mis pensamientos,
en mi debilidad, ya acostumbrada
a Ti, como un mastín sumiso,
y al calor tenue de tu pan reciente,
con fervorosa convicción te digo
que sin Ti nada tiene
satisfacción cumplida ni sentido. |