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Ya lo dije otra vez mirando absorto
tus manos destrozadas,
rendida la cabeza:
Que alguien, Señor, rompa otra vez,
el frasco de tu pecho
y su perfume llegue
hasta la médula del hombre;
que se embriague de Ti.

Que alguien rompa otra vez
los nardos de tu pecho,
y tu sangre, exprimida como llaga
que el hombre pisa, tiña escandalosa
sus ojos ciegos, el color marchito
del pensamiento,
las mismas manos que te rezan,
los labios que te aclaman victorioso.

Vívenos como tú mismo viviste
tu lastimado corazón de hombre.
Vive en el nuestro ahora
eternamente vivo.
Que nadie diga, mi Señor, que has muerto

Francisco y los primeros discípulos se postran a la vista de Roma