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Tú le dijiste incomodado a Pedro:
Tú piensas como el hombre!
Muchas veces, tampoco
yo pensé acomodando
mis criterios mundanos a los tuyos,
porque a veces el agua no consiente
mantenerse sumisa
en el caudal que pastorea el río.

Tú piensas como Dios.
Tu Espíritu agitaba tus palabras
e impulsaba tu espalda dolorida,
cargada con el peso de los hombres.
Muchas veces tampoco
te acompañé, entre el polvo
que el viento levantaba en los caminos.

Quiero tener presente el extravío
que fue mi ingratitud, porque así puedo
sopesar el valor de esa sonrisa
que me perdona siempre que reitero
el amor con que estrega mi mano dolorida
la losa cuarteada del olvido.

Es el impulso en que me acodo
para mantener viva la costumbre
de que mi amor repita susurrante
quién eres para mí, en quién he puesto
mi fe y la misteriosa sinrazón
con que te amo, Señor, con que te creo.

Francisco ofrece un corderillo a las clarisas