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Tu presencia no queda
distante, indiferente
como veleta embelesada
en las sendas vacías de las nubes.

Tu presencia se entraña en mí, me llena
de oculta luz, cuando me ocupas
del todo y todo cambia.
Percibo entonces tu presencia,
las lindes de la mía rebasando.
Nada es ya igual, Señor, cuando se enciende
en mi interior la luz de tu descanso.
Olvídeme de mí; borra si quieres
todo el paisaje de mi ser, que queden
mis labios para hablarte
y el corazón para quererte.
La fe suple los ojos.
Y ocúpame, Señor, mi casa es tuya;
ocúpame del todo, como un río
los campos, desmadrado.


Monte Alverna