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Quiero aprender de ti, quiero copiarte,
llevarte enamorado en la memoria,
como un remanso de agua enternecida
donde puedas mirarte, sin desdoro
de la luz que alimenta tu mirada.
Quiero aprenderte hasta saturarme
de ti. Sé que no es poco
lo que me queda todavía
por desvelar la luz de tu secreto,
como lo han conseguido
otros que descifraron la manera
de amarte tanto como, sin medida,
amaste tú a los tuyos,
como amas todavía,
porque no te es posible
dejar de amar. Eres amor, Dios mío,

En busca de tu amor cruzo la vida
preguntando por ti. No te conoce
la gente todavía. Acaso muerto
te han llegado a mirar crucificado
y les pareces triste. No interesas
a muchos que te ignoran.
No sé cómo decirles que te busco
vivo, que tu presencia luminosa
llena de gozo el corazón más triste,
que contigo no hay muerte, porque llevas
en tus manos la fuente de la vida.
Se ríen cuando digo que les amas
a ellos también. Dame palabras
como las tuyas, saturadas
de tu luz, que restañen
esta herida sombría de la gente
que desconoce dónde vives.

Quiero vivirte yo por ellos,
que los vivas en mí,
derramarte en mi vida como vierte
en la cascada su caudal un río,
hasta lograr ser cauce tuyo,
desde el convencimiento
de saber que es posible
amarte al modo como tú nos amas.

Francisco acaricia un corderillo