21540

El Espíritu de Dios,
la brisa que enhebra el aire,
acuna en el corazón
de Dios el nido más grande.
Dios, que es amor, en él pone
todo el fuego que en él arde.
El Espíritu divino
une el alba con la tarde,
porque hila y ata el cordón
que hay entre el Hijo y el Padre

Cerniendo círculos blancos
de paloma hendiendo el aire,
ungió a Jesús con la mano
omnipotente del Padre
Su aliento da contenido
a lo que Dios dice y hace,
como quien cose con hilo
de oro todas las verdades,
porque es el que da sentido
a todo lo que de Él sale.
Las palabras de Jesús
en él beben, con él laten.

Ciérneme en la levedad
de tu aliento, mueve el aire
quieto de mi corazón
y enciende en él, para darle
presencia tuya, otros fuegos
por el frío de mi sangre.

Haz que guarden mis cenizas
el rescoldo que tú traes
y envuélveme en esa niebla
divina que te distrae.
Vitral de Jesús, tu luz
nos trasparece su imagen.

Hazme altar de su presencia
en el misterioso valle
del alma, para que pueda
en todo tiempo adorarle.
Y cíñeme a él, como aprietas
contigo a Jesús y al Padre.
Tú eres la fragua; la llama
Jesús, ¿por qué no yo el aire?


Francisco resiste la tentación