El viento de tu mano
llama en mi pecho.
¡Qué alegría, mi vida!
Señor, has vuelto!
Hacía tanto tiempo
que no venías,
que hasta el fuego está muerto,
la casa fría.
El agua no refresca,
no sabe el pan.
Nada tiene sentido
cuando te vas.
Otra vez, no te vayas,
Señor, tan lejos.
No sabes con qué pena
transcurre el tiempo.
Confieso la torpeza
de mis desvíos.
Tu ausencia es el tormento
que he merecido.
Pero, por fin, bien mío,
mi amor, has vuelto.
Otra vez, no te vayas,
Señor, tan lejos.
¡Quién lo diría!
Tengo a Dios en mi casa
todos los días.
|