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Ahora que estoy fundido
en ti, porque tu vino
me embriaga, y me sustenta
tu pan caliente, clávame las manos
a las tuyas rasgadas, hazme astilla
de tu cruz, que me rompan
los mismos clavos que eternizan rotos
tu abrazo interminable.

Créceme en mí, como un injerto
que amanse la fiereza
de mi sabia. Restriega
tu corazón sangrante
contra el mío,
ay, contra esta pared
de mis descuidos.

Si no consigo, al fin,
crucificar mi sangre en tu madera,
hinca en mi carne tu rejón candente,
un ascua que me encienda y me traspase,
para que así te sepa, arrodillado
el corazón, como te saben todos
los que se nutren de tu pan crujiente,
los que conviven con tu pan contigo


Jacoba de Settesoli se asocia al duelo