Las aguas de mi río
se han desbordado,
porque dicen que viene
Jesús al baño.
Jesús divino,
mira bien dónde pones
tus pies benditos.
Jesús está callado,
Juan se le acerca
y en mi río sumerge
su cabellera.
¡Qué maravilla,
Jesús hunde en mis aguas
su tez divina!
Una luz brilla entonces,
y una paloma
sobre el Hijo querido
cierne su sombra.
¡Quién lo diría!
¡Una luz enmarcando
su imagen pía!
Cordero inmaculado
que nos redime,
como el Siervo paciente.
San Juan lo dice.
¡Jesús divino,
redímeme con todos
mis desatinos!
No te vayas tan pronto
de mis orillas,
que mis aguas, Dios mío,
te necesitan.
Tú eres la fuente donde
bebo la vida
que tú me ofreces.
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