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Señor, no sé cómo podría,
al mirarte, lograr que tu mirada
envolviera la mía
con su luz, como envuelven
las aguas transparentes
una piedra en el río.

Pienso tan prieto, mi Señor, el nudo
de ese abrazo, que apenas
cabe la sombra entre los dos de un beso.
Borre entonces tu mano
la luz de otras maneras
de estar, que dificulten
tenerte tan cercano y tan adentro.

Me duele el corazón de no sentirme
atado a la corteza de tu tronco.
Busco por eso conocer el modo
de empaparme de ti, como la arena
de mar y caracolas.
Y anegado de ti, dejar que sólo
fueras tú, mi Señor, quien me viviera.

Profesión de Clara a manos de Francisco