Pastor que arriesgas tanto
por estos riscos,
descansa, y cuando puedas,
vuelve a tu aprisco.
Por lugar tan abrupto
no va el ganado.
No acierto a adivinar
qué vas buscando.
¿Dejas solo el rebaño
en tu majada
por dar con una oveja
extraviada?
No te arredran el frío,
ni el sol, la nieve.
Ya empiezo a comprender
lo que sucede.
¿No eres Tú el que, de noche,
lleva solícito
hasta el prado y la fresca
fuente su aprisco?
Pastor, que de memoria
mi nombre sabes,
nunca vibró en tu voz
amor más grande.
Nunca imaginaría,
mi Señor, nunca,
el amor cuidadoso
con que me buscas.
¿Podré amarte yo, a cambio,
podré, algún día,
amarte hasta el extremo
que yo querría?
A nadie dignifica
tanto el amor,
como al que muere a todo
por su Señor.
Enséñame a quererte,
que aunque hoy en día
te quiero, he de quererte
más todavía.
Enséñame a quererte
de tal manera,
que ya por Ti haya muerto
cuando me muera.
|