21539

Si Tú al morir el Padre bendice tus dolores,
¿por qué tiene la muerte colores tan oscuros?
Dime, Señor, qué ocurre cuando la vida acaba.
Yo la puse en tus manos. No hay lugar más seguro.

Que el temor no consiga, puesto que estoy contigo,
abrir resquicio alguno que rompa mi entereza.
En el amor me escudo. Tú me ocupas de modo
que en Ti mi vida acaba y en Ti mi vida empieza.

Más que pensar en mí, Señor, preferiría
vivir como Tú vives en la tribulación
de los menesterosos, pobres y desvalidos.
No quisiera tener otra preocupación.

Me enseñaste a sufrir, me enseñaste a llorar
y hoy vivo tu presencia, Señor, tan felizmente,
que me duele sentir mis manos tan atadas,
sin poder mitigar el dolor de la gente.

Te busco a Ti, Dios mío; no busco ser amado.
Anularme por Ti como Pablo quisiera.
Te doy gracias, Señor, por lo ya conseguido;
casi ni me preocupa el amor que me tengan.

Casi ni me preocupa el amor que me tengan..
Me preocupa no amarte como Tú te mereces.
Déjame que sopese en su justa medida
el amor que te tengo, el amor que me tienes.

Francisco sale al encuentro del lobo de Gubio