Quien sin creer indaga tu presencia
donde no estás, desde el razonamiento,
pesca en una pecera, tal vez fuera del agua.
Tu luz ofusca al que no cree
y pretende, sin manos, restregarte,
verte acaso sin ojos.
Yo te encontré dormido
en las cenizas de mi corazón.
Ni sabía que estabas
dentro de mí, tan hondo.
Fueron manos piadosas las que abrieron
un camino hacia Ti, en los aledaños
de tus misterios, mientras impartías
palabras luminosas.
Y te amé sin remedio.
Y empecé a ser feliz.
Y te hice ya un lugar en medio de mi casa.
¿Cuánto tiempo, Señor, llevas conmigo?
Fue todo como un alba que amanece
rubia, como el metal de una corona,
tras el cristal azul de la ventana.
Tu luz madrugadora,
tu luz, como la estrella de los magos,
iluminó ya siempre así mi vida.
¡Gracias porque tu luz nos deja ver la luz!
Tu ofuscas sólo a aquel que no quiere quererte,
que va a ciegas y a tientas por la vida,
mas, desnortado, no quiere encontrarte.
Yo te encontré casi apagado
mientras hurgaba la badilade la fe en el rescoldo aletargado
del corazón.
¿De verdad que aguardabas, Señor, allí dormido?
¿Qué hiciste, oh Dios, para aguantarme tanto?
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