Resucita otra vez.
Resucita glorioso.
Cuando te veo tan crucificado,
me dueles tanto, mi Señor, tan roto,
tan abiertas tus manos,
tan cerrados tus ojos...Me da pena pensarte abandonado,
así, tan muerto, mi Señor, tan solo.
Arráncate esos clavos,
que te clavó un martillo criminoso
con nuestra mismas manos,
con las manos de todos.
Resucita otra vez con tu callada
deflagración, de pronto.
Tu dolor, Señor mío, es el dolor
con que sufrimos todos.
Sé cómo crucifica el sufrimiento
al emigrante y al menesteroso,
sé qué clavos desgarran sutilmente
al desvalido, al presidiario, y cómo
duele en la cara sucia de los niños
el llanto hambriento de sus tristes ojos.
La impiedad oscurece
la boca tensa de los lobos.
Resucita otra vez.
Resucita en nosotros.
Quiero decirte un día: aquella reja
que ató tu libertad, ya la hemos roto;
yo te apagué la sed cuando llegaste
hasta el brocal sediento de mi pozo;
te llevé arroz y trigo y un racimo
como la sangre de amapolas rojo.
Me senté con los pobres,
a un moribundo le cerré los ojos,
puse en mi mesa una manzana
mordida que en mi mano puso un loco.
No supe la limosna que te daba,
no supe que era poco
dar de lo mío, cuando tú esperabas
que me diera a mí mismo, sin rebozo,
en los demás, hasta llegar a ser
mendigo, preso, moribundo y loco.
Resucita otra vez.
Resucítame todo.
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