Job 40

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Te conocí sólo de oídas;
ahora que he descubierto ya quién eres,
sólo acierto a decir lo que lloraba
lacerado Agustín,
por tanto tiempo en que sólo de oídas
supo de ti: Tarde, Dios mío,
tarde te conocí.

Tarde te supe yo, porque es que apenas
te conocía. Nadie te conoce
si no te sabe amar; sólo el cariño
descubre la ternura cuidadosa
con que nos amas tú.

Qué diferente
resulta que alguien hable
de ti, como quien muestra
una rosa a distancia y se la lleva,
qué diferencia
de entrar de lleno
en las entrañas de tu amor, fundido
contigo en un abrazo eterno.
Lazo exigente y nudo corredizo
son tus manos, Señor, cuando me enlaza
la comezón irrestañable
de tus urgencias amorosas.

Te amo, Señor, como tú quieres
que te reconozcamos amoroso
en la pústula hedionda
del leproso, en los labios pedigüeños
de la pobreza, en la postrada
humillación del desahuciado.
Presto mi corazón a quienes, ciegos
de amor propio, engastados en sí mismos,
no saben los halagos
de amar, de amarte.
Sólo te conocen
de oídas, y no saben
llegar a ti. No saben
amar.

Te amo por ellos.
Te amo por ellos, mi Señor.

Qué noble
la delicia sin fin de estar contigo,
de amar contigo en los demás,
de ser tú mismo.
No he de callarme
de gritarlo en las calles, en las plazas,
en los prietos corrillos de la gente.
Como Pedro, Señor, que protestaba
humillado su amor. Tú sabes bien,
Señor, tú sabes bien
cómo te quiero.