25272

No sabía el camino
que conduce hasta Dios, porque lo anduve,
cuánto tiempo, Dios mío,
desandándolo, lejos
de su mirada bienhechora.
Supe además que me abriría
sus brazos, cuando dijo
Jesús ante la gente
que Dios siempre está cerca
de un corazón herido,
y sangra a borbotones por la herida
sangrante que te hiere.
Y antes de derribarme ante sus pies
como una encina rota,
hice pedazos mis pecados turbios
a firmes golpes de arrepentimiento.
Me perdonó. Me defendió amoroso,
cuando estregaba mis cabellos
en el perfume de sus pies. Y dijo
que lavaba mi vida pecadora
el amor que le tuve. Yo lloraba.
Y es que el llanto, Señor,
llora en el corazón más que en los ojos.