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Tu palabra me dice cada día
quién eres tú y quién quieres que yo sea.
Tú, que fuiste el lenguaje misterioso
con que nos habló Dios, sigues diciendo
tus mismas cosas cada día,
más hondas, más vibrantes
cuanto más conocemos la ternura
con que tú mismo te santificabas
para santificar el corazón del hombre.
No sabes con que fuerza me seduce
tu palabra, Dos mío.

Devoraba
Isaías el pan de tu palabra
con ansiedad. Hablar de ti también,
de tu palabra, quiero mismamente,
para que te descubran en la oculta
presencia de tu voz, los que no saben
todavía que existes férreamente
en el secreto de sus vidas yermas.
Tengo que hablar de ti con tal vehemencia
que el que me escuche acuda ciegamente
a hacerse tuyo como el agua a un puente.
No lo saben, Señor, si lo supieran,
estarían contigo, encadenados
a tus deseos. Hay que percatarse
de que ser para ti, de que apropiarse
de ti, al hacerte dueño
de nosotros, ya somos tu latido
en el fragor divino de tu sangre.