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Tu paz, Señor, ese riachuelo
que mana oculto desde tan adentro,
esa tijera prodigiosa
que nos corta las uñas aguerridas,
esa mano de seda
que abona con su arena bondadosa
el corazón del hombre.
Tu paz, la que no sabe ni sospecha
el mundo, la que ignora
el calor de la sangre y las fronteras
ofensivas; tu paz,
la que unge suavemente nuestras manos
con el óleo purísimo de tu serenidad.
Nuestra marcha hacia ti nace contigo
y contigo termina en tus manos de Dios.
Nuestra marcha hacia Ti, Señor, no aplaza
alianzas, no aplaude himnos agitadores
ni blande enseñas victoriosas.
Nuestro surco está lleno de palomas
de blanco vuelo y ojos apretados,
verde de tanto olivo,
rubio de tanto pan.
Nuestras ventanas dan a Ti; nos nace
tu luz por la mañana
en los ojos. No cabe
el rayo del rencor por su abertura.

Palabras de perdón que el labio dice
aprendidas de ti, ponen tapetes
de amable convivencia, sobre el ara
donde te comulgamos.
Pon tu mano en la esteva del arado
que no mira hacia atrás. Vamos contigo
donde digan tus ojos. Somos tuyos,
porque tú eres la paz que pregonamos