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¡Fue siempre tan humano!
Le querían, sabían que era viva
fronda del gran árbol de Dios.
Respetaban su nombre,
su dignidad, su santidad, su noble
palabra poderosa,
porque todo lo hacía
bien, compasivas siempre
sus manos enfermeras.
Pero no conseguían horadar
el paredón de su verdad profunda.
Tan a la mano, tan amigo siempre,
aún siendo Dios, veían
al hombre más que a Él. Pero sus manos
olían tanto a Dios, que no dudaron,
un día, junto al río que nace en Cesarea,
en confesarle vástago eminente
de la viña del Padre.

No les juzguéis a la ligera
por lo que no sabían. Lo llevaban
sin saberlo tan dentro, que los ojos
no percibían su misterio.
Lo sabrán cuando muera.
Qué cerca Cesarea y Emaús.
Y es que la fe, a la sombra
de Dios, llega a emboscarse
en casi nada,
tras los barrotes de una verja,
bajo el dibujo de un almendro.