| Dijeron tus discípulos
que pasaste, Señor, por este mundo
haciendo el bien, que el mayor bien
fue rescatarnos de la muerte,
y proclamar que Dios ha estado siempre
del lado de los hombres.
Te dejaste matar.
No comprendían quienes te mataban
que tú les bendijeras, con un hilo
tembloroso de voz empobrecida.
Te vio María, te vio Pedro.
Y en Emaús comieron de tus manos
los dos que, en el camino,
no adivinaron tu presencia.
Y al bendecir el pan, de pronto,
descifraron el gesto
pausado de tus manos
y la mirada acostumbrada al cielo,
y ya no estabas, misteriosamente.
¿No estabas? Siempre estás.
Te adivina la fe resucitado.
No lo pueden saber quienes te ignoran,
porque no saben apagar a tiempo
la oscura vela de unos ojos vacuos
con que pretenden desvelarte ciegos.
Ellos sí son los muertos.
Sólo la fe sabe la recia puerta
que vela tu presencia misteriosa,
sólo el amor sabe el camino cierto
con que la fe
desbroza tus misterios.
Siempre estás tú, Señor, en cambio el hombre
no siempre sabe estar
donde estás tú llamándole a tu encuentro. |