| Le escuchan y están ciegos.
Están con él y no adivinan
el misterio sangrante de su muerte.
Desmenuza Jesús, como quien rompe
a migajas el pan de sus misterios,
la certeza mil veces tanteada
de sus padecimientos.
La luz va adormeciéndose
sobre el cansado polvo del camino.
- Algo dijeron las mujeres,
algo dijeron
de que el Señor vivía-.
Sonreía Jesús
y no se percataban de que hablaba con ellos.
Cuando la fe dormita,
poco nos dicen las verdades.
Mas algo había en sus palabras
que olían a verdad.
Sólo al momento de partir el pan
destellaron sus ojos
o algo en sus ojos y en las manos vieron.
Desvanecida entonces su presencia
de pronto, comprendieron
y recordaron cómo enardecía
el corazón la lluvia reposada
de sus palabras caminantes.
Y entonces sí, supieron
que eran manos de Dios las que partían
como en un rito acostumbrado, el pan,
y él ya no estaba o estaba más adentro.
La fe cierra los ojos y se adentra
por los pasillos del misterio,
cuando la luz de Dios nos encandila
y está en el corazón, mas no lo vemos.
Se incauta de nosotros, nos invade,
nos empapa de sí embebidamente,
esponja suya somos
y no podemos verlo,
porque está más que nunca,
porque está más adentro.
Y así en el pan y así en el vino,
nuestro entrañable y oscuro alimento |