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Más allá de la cruz, Jesús tenía
las llagas, antes muertas,
despiertas otra vez.
El dedo misterioso del Espíritu
le tocaba los ojos.
Y un aldabón
golpeaba con fuerza
en el pecho de Dios. Jesús, el Hijo,
regresaba glorioso.

Aquel Jesús tan roto y amarillo
que envidiaba la cera,
se abrió a una nueva luz, como si un faro
le naciera en el pecho.

No hubo testigos. El misterio
no se deja violar: lo lacran siete
sellos muy poderosos.
Ni hubo aplausos: la inmensidad
se agranda en el silencio.
Eso sí, se alegraron como copa
de un buen vino los cielos
y encendían hogueras
de aleluyas los ángeles.
Un viento recorría,
de un lado para el otro, enloquecido,
los cielos y la tierra.