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No está. Le alzó la mano
escondida de Dios. Fue como un grito
de luz la que le puso
en pie. Nunca una espada
de fuego abrió una herida
más honda en las entrañas
de una Palabra que velaron muerta.
Nunca unas llagas ciegas
irradiaron de pronto, a borbotones,
una luz tan vehemente.
Quien le rompió, ni sospechar podría,
en quien puso su mano impertinente,
qué corazón estrangulaba a ciegas.

Ya no está. Vertical, como si un rayo
inverso regresara al corazón
de un relámpago súbito, elevaba
su nueva condición transfigurada,
hasta las manos, otra vez, del Padre.
No está. Nació de nuevo
del mismo seno de la tierra muerta.

Karsi Kilise, Gülsehir. Las mujeres y el ángel ante el sepulcro vacío de Jesús.