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Te llamo, y al llamarte,
me envuelvo en el ramaje
de este bosque interior, en la penumbra
de mí mismo que orean tus susurros.
Estás aquí conmigo.
Te despliega la fe
en mi bosque interior que tú me habitas.
Soplo de Dios, qué silencioso pasas
oliendo a mar y a viento, a nube,
a ti, sombra del Padre, balbuciente
palabra a media voz, alma del Hijo.

Todo nace a la vida cuando acunas
en tu bondad el barro, la corteza
áspera de las cosas,
primavera de Dios, boca de fuego,
corazón emboscado
en el perfume de esta rosa
que picotea el pulso desde el pecho.
Y el bosque huele a Dios
y Dios a tierra,
el barro oscuro de los hombres,
en la oscura llanura del misterio.

Laten tan hondas
y son tan apagadamente
leves tus pulsaciones,
que hasta parece que ni estás, Dios mío,
pero tu estás como en un fruto
que dobla el árbol hasta dar en tierra.

Estás en la mirada compasiva
de Jesús,
en su presencia misteriosa
encubierto de pan, oculto en vino,
y en el amor que Dios nos tiene,
porque estás siempre
donde nos mira Dios.

En ti sentimos
su fuerza inconfundible, en ti abrazamos
a los demás. Eres la mano
que despliega la luz, como quien cierne
una cortina transparente
sobre la ruda opacidad del hombre.
No dejes de lijarnos la aspereza
de nuestros desalientos,
no dejes de venir cada mañana
a disipar la niebla enmohecida
de nuestra turbiedad.
Tenemos sed de ti, necesitamos
beber de tu vehemencia aquellas aguas
que brotaban desde el templo rebosantes
y mullían el polvo de la tierra
a borbotones de abundancia,
como quien lleva un río palpitante
en la herida sin fin de su costado.

El bosque huele a ti cuando pronuncias
el nombre de las cosas, creadora
el aura de tus labios.
Envuélvanos tu aliento en la penumbra
de este bosque interior, en la callada
penumbra de uno mismo, que nos llegue
tu fragancia a bondad
y a bosque, primavera verdecida de Dios,
camino vertical hacia la vida,
cuna mullida de mi salvación,
rodrigón que apuntalas
nuestra fragilidad,
diadema primorosa
engastada de gracia y evangelio
entre las manos pobres y adelgazadas de María.