| Espíritu de Dios, ráfaga intensa
que enardeces de vida
el corazón del hombre.
¿No eras tú quien ardía, aquella tarde
de Emaús, en la sangre sorprendida
de los dos comensales, aturdidos,
a la escondida luz de aquel encuentro?
¿No eras tú? Se adormece
la fe si tú no estás; se desperezan
los ojos de repente si apareces.
Que no nos falte nunca
el soplo fermentado de tu pan,
el leve soplo de tus labios prietos,
cuando en la mesa del amor alumbra
el pan y el vino tu presencia oculta. |