Dios está ahí, como un susurro
apagado, silente, imperceptible,
aquella brisa tenue
que Elías percibió. Pasa despacio,
camina de puntillas sobre el musgo
del bosque, levemente,
como si no pisara donde pisa,
como si no pesara el pie desnudo,
como si no pesara, adelgazado
el paso sobre el filo
de su propia estrechez.
Mas
tú prefieres
la sacudida desatada
del vendaval, la cólera agitada
del terremoto, el desenfreno
negro de la tormenta.
Pero ahí no está Dios. Dios no se embosca
en el estrépito, ni encubre
la suavidad de su ternura
en las salpicaduras virulentas
de la roca que rompe el terremoto.
Dios no está ahí.
Mantén
cerrada
tu ventana a los ruidos descarados
de toda desmesura.
Dios pasa silencioso, sutilmente,
como si no pasara,
por el camino oculto
de tu interioridad, como un latido
de paja, como un beso evanescente
amortajado en una mariposa,
tan liviano, tan grácil, que semeja
el vuelo ingrávido del viento,
el undoso alentar del musgo,
el suelo blanco de una nube breve.
Escucha; no te muevas, hagas ruido.
Mantén callado
el corazón. Escucha simplemente. |