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Entra, Señor. Estaba
esperándote. El fuego está encendido,
tengo la mesa preparada,
vino en el vaso, pan en el cestillo,
y el corazón, con ascuas
entre cenizas, como un incensario.
Que el soplo que te trae
aviente el polvo terco que ensombrece
la estancia en que te vivo. Me interesa
tener tan limpio el aire,
que al respirarlo aspire
tu aliento. Estoy contigo
y sobra todo lo que tú no seas.
Cierra la puerta; no quisiera
que un viento imprevisible
de pronto apague la lucerna roja
que brilla entre mis manos. Son las rosas
con que enciendo la casa.
Entra, Señor, que veo enrojecida
la tarde. Entra, que estaba
esperándote. Tengo
preparada la mesa, vino
encendido en un vaso, pan caliente
en la patena
y el corazón, con ascuas
entre cenizas, como un incensario. |

San Francisco de Asís
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