|

6347 |
Levanta con tu mano poderosa
esta pobreza mía, este cadáver,
estos escombros devastados,
como a Lázaro, un día, o a la niña,
muerta de pronto en la mitad de un sueño.
Ahora que estoy alzando
mi casa, piedra a piedra,
junto al camino que tú pisas,
sabes muy bien con qué fe ciega
he de acudir a ti, con qué entereza,
cuando el torrente desbordado
cubra los campos yermos de mi entorno
y amenace las piedras de mi casa.
Sabes las grietas de mi fragilidad,
los rincones de arena movediza
en que nadie hace pie. ¿Puedo pedir tu arrimo,
para que acerques al escombro vano
de mi debilidad unas esquirlas
de tu amor entrañable y soberano?
Conozco tus palabras. Sé que has dicho
que sólo alcanza la vereda incólume
de tu fidelidad, quien se desnuda
de sí mismo y se inviste
de los harapos de tu amor; que tienes
tu casa en ningún sitio; que prefieres
bendecir, contra el rico, el pan hambriento
con que nutre sus penas desoladas el pobre.
Mi pobreza es distinta. Soy pobre de otro modo.
No tengo un sitio firme donde ajustar la casa,
donde fijar los quicios de una puerta.
Comprendo lo que dices:
No hay piedra firme donde tú no estás.
Deja entonces que fije en ti mi subsistencia.
Levanta con tu mano milagrosa
esta pobreza enferma, estos escombros,
como a Lázaro, un día,
como a la niña muerta,
y ponme al raso
de tu bondad, donde consiga
saber ser nada porque tú me seas.
No soy de nadie porque ni soy mío.
Enséñame a ser tuyo;
enséñame a inscribirte íntimamente,
dentro del corazón, íntimamente,
con el punzón o el ascua
con que se escribe un evangelio. |

San Francisco de Asís. Porto san Giorgo, cerca
de Loreto
|