No sólo me has amado
como sólo tú sabes,
quieres, Señor, también que yo lo sepa.
A cambio, Señor mío,
también yo te declaro, a voz en grito,
con que júbilo vivo ya pendiente
de ti, como quien cuida con esmero
estrellas en la noche,
fruta prohibida en un jardín,
ascuas de fuego en un estanque.
No sólo he de quererte cuanto pueda,
sino que he de decirlo luego, a voces,
por el campo, cruzando desalado
las mieses, en la cumbre desolada
del monte, enamorado como loco,
perdido en los camino,
en medio de la plaza, en los tejados,
desde el balcón, desde el balcón del alma.
¿Es locura, Señor, o es desenfreno?
La culpa es sólo tuya,
Dios mío, es sólo tuya
la culpa. Con qué gozo
impagable, te miro y te perdono.
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