6352


Pon tu dedo, Señor, sobre esta sangre
morada. Santifica
el racimo que pongo
a dormir en la copa de tus manos.

Mientras alzo las mías y me tiembla
el corazón, como una estrella
mal prendida en el cielo, mientras duda
mi corazón, pronuncia juntamente
conmigo tus palabras
de bendición, su oculta brisa,
un ala blanca de paloma
que roza el borde de este vaso.

Desde Emaús, desaforados,
van dos amigos tuyos
a decirle a los otros
que has vuelto Tú a ser Tú.
Bebe conmigo, mientas tanto. ¿Puedes
beber conmigo? Moja
tus labios leves en los de esta copa
donde late tu cuerpo
tan limpio, en que no cupo
pecado, y esta sangre en que me lates,
mía también,
porque al beberte yo, Tú te haces mío.
Bebe conmigo, mi Señor, ahora,
de un mismo sorbo interminable.

San Francisco de Asís