Mi edad no sufre apenas la fatiga,
no advierte tanto ya el cansancio
de vivir, porque tengo intensamente
ocupado mi tiempo en la tarea
de rescatar, viviéndola con Dios,
mi vida de la muerte.
Pero me empeño todavía
en saber de qué modo
puedo, con la piqueta de la fe,
llegar tan hondo al corazón de Cristo,
que nunca quiera regresar después.
Oh corazón de Dios,
donde se fragua el pan de sus delicadezas.
Mas, no sólo la fe. El amor dispone
de escalas más seguras
para encontrarse en lo escondido
con él, hasta perderse allí
por sus misterios más impenetrables.
Nadie que esté con Dios en los secretos
del silencio en que habita,
nadie, desnudo de sí mismo,
lleno de su presencia luminosa,
transige luego acomodar su ausencia.
Amar a Dios es la mejor manera
de sufrirlo después, por más que, ausente,
como aumenta en otoño la tristeza
huidiza del verano,
aumente aún más la sed
de su bondad interminable.
Venid, cristianos todos,
a acomodar a Dios en nuestra vida
Habladme de él, contadme sus secretos,
decidme que vivís de Dios tan cerca,
que no vivís, sin él, cuando está lejos.
Necesito tenerle visible en todas partes.
Llenar de Dios todas las cosas,
llenad calles, ventanas y escaleras.
Llenad con vuestro amor su lejanía.
Llenadle de vosotros.
Cubridle de alabanzas como cubre
con sus besos la lluvia los cristales.
Cantadle a voz en grito.
Quiero nutrir de Dios mis arenales. |