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Desde el camino polvoriento admiro,
salpicado de rojas amapolas,
un trigal que no sabe,
como el mar, la razón de sus orillas.
Y pienso en ti, Señor. Este oleaje
de trigo me traslada
a tu desmesurada inmensidad,
al tajo desmedido de tu amor,
encarcelado en rubio pan
también, como estos trigos.
Este oleaje me traslada
a tu altar, donde escancio
fatigas en tu copa,
pensando en ti. Como la mies,
tu amor es infinito.

Abra la llave del amor
esta puerta escondida del misterio,
donde entramos a ciegas,
seguros de encontrarte.

Baja, otra vez, hasta estos linos blancos
donde brilla la copa. Estamos todos
sentados a la mesa,
juntas las manos y el amor, Dios mío.
Siéntate tú también entre nosotros.
Pon tus manos, Señor sobre esta sangre
que destiló la llaga del costado,
sobre este pan majado en el molino
de tu dolor crucificado.
Que acaricie tu voz estos presentes
con que hoy seremos una misma cosa
contigo, al comulgarte.
Que nadie ponga bridas
a nuestro amor, si el tuyo
como la mies, no tiene orillas.
Que tú y tu cruz y el cielo nos presidan.
Que no se acabe nunca esta cena contigo.