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Una brújula tiene
de adivinar
inscrita el corazón, que busca siempre
el tuyo. No descansa,
porque a veces estás
como si no estuvieras, en la esquina
dormida de mi barca y de mis sueños.
¿Dónde estás? Te adivino
muy cerca, mi Señor, casi aquí mismo.
Te sé cercano, porque tienes
un rosal en el pecho,
siempre abierto su aroma
al que te busca decididamente.
No puedes vivir solo. Tu desierto
tiene una puerta rota en tu costado
que te expatría hacia nosotros.
No puedes vivir solo
en tu gloria infinita, te desahucia
tu amor. ¿Cómo es que el hombre
puede vivir sin ti? Señor, no quiera
ni siquiera intentarlo.
Mi corazón inscrita
una brújula tiene palpitante
que ventea, en la noche,
el tuyo sin descanso.
Te sé aquí mismo, mi Señor, tan cerca
que nada cabe entre los dos, Dios mío.
Clava un rejón de amor y muerte
en esta carne empedernida.
Hinca tu cruz en esta arcilla roja.
Unce a tu amor inagotable el mío. |

Catedral de San Rufino. Asís
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