Luce la luz primera esclareciendo
las orillas del día.
Temerosa, una estrella casi humana
mece su escasa luz diminutiva,
al hilo escaso de la noche.
Es como si, de pronto,
Dios se asomara, como quien despierta
otra vez de su muerte, y nos mostrara
la blanca luz de sus cerezos, plenos
de nueva luz resucitada. Luzca
su luz, llenando los caminos yermos
de su estallido fresco, limpio y claro.
Luzca su luz ardiente
llenándonos de Dios nuestras maneras.
Cada día es domingo. Cada día,
esta lanzada luminosa
limpia los cielos y la mente,
como una mano buena y misteriosa.
Los que vemos latir en sus criaturas
la presencia de Dios, llevamos dentro
un catecismo fácil que dibuja
la escala azul de su conocimiento.
Dios está aquí, en el alma,
creándonos el tiempo,
para que le vivamos como vive
su palabra en su aliento.
Es como si otra vez su mano firme
hiciera el mundo, de la nada, nuevo.
Y está todo en su punto,
nunca fue el mundo tan cabal, tan bueno.
Qué hermoso es ver a Dios en cada cosa,
hechos a su figura y semejanza,
qué hermoso ver a Dios, por los oteros
del alma, cada día, caminando
leve como su luz, amaneciendo. |