6297

Gracias, María,
por haberme acercado tanto a Dios.
Gracias, porque pusiste en nuestros hombros
la tierna mano del Jesús amigo.

Nadie medió tan alto, nadie pudo
con casi nada, con su voz medrosa
diciendo sí, rendir hasta nosotros
la mano inabarcable.

Gracias, María, por habernos dado,
ajustada a tu carne,
la Palabra de Dios, con que podemos
vivir a Cristo como lo viviste
tú misma, desde entonces,
haciéndolo, María, tuyo y nuestro.

Se hizo sangre en la tuya, compartió
tu misma carne. Fuiste
hostia de Dios, de sus racimos cáliz,
pan de su amor, ya entonces comulgando
con su locura salvadora, Madre.

Gracias, María, gracias, gracias, gracias.

Dormición de la Virgen María