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Te hiciste arcilla nuestra
inclinando tu cielo hasta nosotros
y te quedaste.

¿Supiste lo que hacías? Quien no crea
en más alto designio que el que pueda
pensar el hombre, no comparte
ni por asomo que la luz
decida hacerse polvo o que una estrella
prefiera ser ceniza.

Te hiciste nuestro y ya nunca has querido
volver la vista atrás. Has arraigado
como un olivo centenario
en la piedra del hombre, entre las grietas
del corazón del hombre, ay, esa orilla
de mar, tu mar, que se resiste
a embeberse de mar como debiera.

Señor, también nosotros te queremos,
aunque resulte trabajoso
seguirte sin dudar, sin escorarse
hacia algún lado, barca con las velas
desgarradas a golpes
de mar y viento.

Conforma Tú, Señor, el corazón
del hombre viejo al tuyo,
modela nuestro barro con tus manos
enérgicas, somete
esta dureza abarquillada
al yunque, donde el hierro
se ajusta al rudo intento del martillo.

Sabemos que te vas, aunque te quedas
otra vez encarnado,
desde que sutilmente
el aliento de Dios
oculta tu presencia soberana
ya para siempre, bajo el pan sagrado
y el ígneo corazón rojo del vino.