| Darse uno mismo, como quien degüella
una serpiente, el escorpión
de tu amor propio, prescindir
de todo para darse
a todos, qué gran Cena,
donde un cáliz repasa,
en un brindis de amor, como una brasa,
los labios silenciosos
de sus amigos.
Vaciarse
como quien pone
en los ojos de un ciego
los suyos, desechado
como el agua abatida
de un charco, qué gran Cena.
Qué gran Cena allanando
la grandeza de Dios, abaratando
su preciosa altitud, como quien pone
un escalón a un niño hasta que alcance
la fruta apetecida, qué gran Cena;
qué gran Cena, con sólo
pan y vino y un plato irrepetible
donde un Cordero ha muerto a golpes
de vida, qué gran Cena,
qué gran Cena, Señor. Dame del sorbo
de tu sangre y un cacho
de amor o pan, también yo recostado
en tu pecho. |