| Cómo haré que consiga
de una vez, Señor mío,
encarnarte de nuevo en la tundida
arcilla en que te vivo, en que me lates,
en que pretendo anclarte férreamente,
de modo que no pueda
ya nunca desterrarte del recinto
cerrado de la noche en que me cercas.
Ábreme, acaso, como siempre, un leve
resquicio de tu luz, para que vea
mejor dónde no puse
certeras mis pisadas, sobre el lecho
seguro de las tuyas.
Hazme cerrojo de la luz que encierra
la llave del amor en tu sagrario.
Ya no sé otro camino
que el tuyo, el que Tú mismo
configuras. ¿Qué ocurre que no encallo
tan hondamente como yo quisiera
en tu arena la quilla de mi barca?
Ánclame a tu costado. Necesito
un lugar a la orilla de tu sangre
preciosa. Nadie sabe
cómo duele, Señor, cómo me humilla
saberte aquí conmigo y recordarte
tan lejos otras veces. No permitas
que olvide más la firme verdad de tu camino.
Hazme sagrario oscuro del latido
que late firme, oculto en tus palabras. |