| APRENDIENDO A SABERTE
Sentado aquí contigo,
quiero decirte que he aprendido
el modo de saberte. Que es tu mano,
Señor, la que me acerca
a Ti. Sé que es tu mano
la que extiende ante mí, como una alfombra
de agua tranquila, el cauce
que sube hasta la herida de tu fuente.
Señor, sé que es tu mano. He aprendido
a discernir tu olor, a interpretar
el roce de tus pasos, a saber
la brisa de tu voz, y hasta adivino
a oscuras tu presencia, como a oscuras
se advierte por su aroma, suavemente
sutil, la cercanía fragante de unas rosas.
¿A qué huele tu mesa?
Huele a vino la brasa enrojecida
de tus labios y a pan
reciente tus vestidos.
Bodeguero
divino, pon la copa
de tu vid en la mesa.
Bendice, misterioso panadero,
tu pan resucitado, y ve poniendo
en nuestras manos un puñado
de Ti, que te podamos hacer nuestro,
como Tú hiciste tuya nuestra carne.
Te confieso, Señor, que he comenzado
a beber de tu mano y a saberte.
|