|
Aura de Dios, aliento de su boca,
que al caer de la tarde,
remueves las llanuras
donde la mies amarillece
y entre los pámpanos maduros
el vino crece, llaga enrojecida
en el fondo del cáliz,
danos a Cristo, vívelo en nosotros
como se vive a un hijo enfermo,
velado por tu sombra, acariciado
por la nevada levedad
de tus alas sutiles, emboscada
su divina latente
en el pan y el vino.
Ponlo vivo otra vez, recuperado
a la vida por siempre, en nuestras manos,
las mismas que lo alzaron transtornadas
hasta la cumbre del asesinato,
para amasar con él y nuestra arcilla
la carne nueva, el corazón
ya rejuvenecido,
de nuestro amor, a cambio
de un corazón embalsamado en piedra. |