17212

Por amor empecé a cumplir tus mandatos.
Me acostumbré a indagar
cómo suscitaría
tu aprobación. Me acostumbré a estimar
tu bondad, porque ocurre
que el bien, como la luz, es siempre amable.

Ya no te temo.
He aprendido, Señor, a no asustarme
cuando te acercas tanto y te me adentras
por vericuetos que no conocía.
No hay que temer; lo dices Tú, Díos mío,
porque no te complace
ver a nadie temblar desazonado,
cuando acaricia el soplo de tu brisa
la débil llama de una vela tímida.

Haciendo el bien, crecí;
con él creciendo, rehíce mi firmeza
y acabé por amarle.
No canonizo el modo secundario
de llegar hasta Ti, pero hoy me acerco
a tu mesa deseoso y confiado
como en la madre un niño.

Yo pongo los manteles y aporto la vajilla;
sirva el prodigio del amor tu mano.
Y a punto el ágape, que sacie
todas mis ansias tu benevolencia.
Dame a beber un sorbo interminable
de tu cáliz de amor. Dame un bocado
del blanco pan con que tu amor me llena.

María con Jesús