17220

El hombre santo que fue Cristo,
nostálgico de Dios como quien tiene
su nido en rama ajena, presentía
que el rumor de su fuente se extinguía,
poco a poco, escondida
entre musgos y piedras.

Y hablaba entonces tiernamente
a sus amigos de volver a su casa.
Aducía sereno que llegaba
la hora decisiva y era tarde.
¿ A qué esperar, si él tuvo siempre
un Padre bueno a quien debía
un día regresar?

Pero que no temieran,
que les dejaba en prenda
las huellas indelebles del camino,
y que no se apenaran ni valía
la pena recelar,
que el camino era él.

Su destino era Dios, y se llegaba
hasta las mismas puertas
de piedra de su casa,
a través suyo. Sus palabras
venían oscilando, como carro
que llega rebosante de gavillas,
por eso, tan cargadas
de Dios, que él era sólo
su lenguaje, sus labios. Ni el sentido
era suyo, el sentido lo insuflaba
una brisa secreta y misteriosa
que lo llenaba todo,
igual que llena el viento
a empellones las velas.
Y se fue.

Compañeros,
limpiemos de hojarasca
el camino. Pongamos una estrella
brillando en lontananza, y sin demora
pongámonos a andar.

Cristo va entre vosotros
a Emaús. Nadie sabe
todavía quién es, hasta que parta
el pan entre sus manos silencioso.

Se acerca paso a paso.
Escuchad el rumor de sus pisadas
pausadas, susurrantes.
Que nadie se extravíe perdido entre la bruma,
porque está ahí, cercano,
porque el camino es él.

Bautismo de Jesús. Kiko