| Sales a mi encuentro y no te reconozco.
Hablas como hablabas por otros caminos,
cuando Dios ponía en tus pensamientos
los suyos divinos.
Y hay como una llama temblando en el aire:
siento cómo prende dentro de mí mismo,
mientras nos instruyes, al desengañarnos
sobre tu destino.
Da gusto escucharte. Dices unas cosas
como nunca creo que nadie me ha dicho.
Quiero recordarlas, quiero retenerlas,
mi viajero amigo.
Declina la tarde, el pueblo está cerca
y tengo en mi casa el fuego encendido.
Empuja la puerta. Te pondré en la mesa
manteles de lino.
¿A quién me recuerdas, digno compañero,
bendiciendo el pan, bendiciendo el vino?
¿ A quién te pareces? ¿Quién igual que
Tú
hacía esto mismo?
Tus gestos pausados a mí se me antojan
más que gestos trazos, más que trazos signos,
al partir el pan y al dar de beber
de tu mismo vino
Me siento confuso, me siento azorado,
y empiezo a temblar, y estoy aturdido.
¿No eres mi Señor? ¡Dime que eres Tú!
¡Señor, Tú eres Cristo! |