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Hasta que vuelvas, este pan y vino
rescatan las cenizas
memoriales del gesto
de salvación, de un brindis en la Cena
de la fiesta suprema de tu Reino.

Hasta que vuelvas te celebraremos
trayendo tu memoria, restaurando
tu vívida presencia en un puñado
de trigo prieto y unas uvas llenas
de rubia luz.

Hasta que vuelvas, vas viniendo,
nos llegas cada día,
poco a poco, y nosotros caminamos
hacia Ti mismamente.
Pero habrá una llegada a la que todos
estamos invitados, un encuentro
definitivo un día, y te pedimos
que no ceses un punto
de venir, de ir viniendo
incesante, sin pausa, paso a paso,
consumiendo la arena minuciosa
del severo reloj inexorable
con que nos mides nuestra poquedad.

Hasta que vuelvas ,
invocamos tu nombre, arrodillamos
nuestro perdón ante la gente,
igual que Tú, y pedimos que descienda
sobre nosotros como lluvia el tuyo,
rememorando cómo te arrancaron
a girones la vida,
un día, por nosotros brutalmente.

Hasta que vuelvas,
saboreando el gozo de saberte
tan nuestro, mi Señor, nos empapamos
de tu amor en la fuente
llagada de tu pecho y bendecimos
tu sangre salvadora,
cantando desde el gozo
inmenso de esta espera,
un mismo canto en una sola voz.

Es la alabanza unánime,
el himno unívoco,
de repetir tu nombre, letra a letra,
saborear tu nombre, letra a letra,
infatigablemente,
indefectiblemente,
hasta que vuelvas, mi Señor, un día,
hasta que vuelvas.


Retablo completo de los Santos Mártires,
obra de Fr. Alfredo Colás, que se muestra en la capilla de dichos mártires