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Que la brisa de Dios ponga sus labios
nevados sobre el fruto
de la vid y la mies;
que descienda su lluvia inapreciable
sobre el aroma rubio de este pan,
sobre la sangre oscura de este vino.
Abro mis manos sobre la patena,
sobre el cáliz extiendo
tan atrevido alero,
para que llene de sentido
el hilo gris de mis palabras
la voz secreta de las suyas.
Callo,
oh Dios alado, para así escucharte
mejor, para que llegue sin estorbo
el aleteo de tu aliento arcano
hasta el nevado lino de esta mesa.
Ponla en mis labios, toca con la gracia
de tus dedos perfectos
el borde de los mías desiguales,
y haz el prodigio de que nuevamente
nos deje abrir sus puertas generosa
tu antigua cena, místico oleaje
que llega siempre hasta una misma playa;
nos moja, nos empapa y se retira,
siempre infinito, siempre innumerable,
para embebernos otra vez mañana. |