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Me acerco a Ti, Señor, mientras Tú vienes
con las manos sangrantes
de vino y te coronan de oro
sagrado tus espigas.

Me acerco a Ti como se acerca a gatas
hasta su madre un niño.
Y ya que vienes
a mí, como quien tiene
la llave de mi puerta y me hacer tuyo,
no me dejes después; te necesito.

Perdona mi estrechez.
Es escaso el recinto en que me habitas,
porque el espacio de la vida tiene
tan cerca sus orillas, que no cabe
una lluvia en su boca.
Lléname así mejor, mientras procedo
a hacerte sitio retirando todo
lo que no dé lugar, lo que me ocupa.

Lléname así mejor,
lléname de tal modo que no quede
rincón donde no estés.
Mi luz se llena
de tu luz.
Resplandece
mi casa como un rayo
que tiemble en la ventana.
Entra despacio y mira no tropieces.
Pero entra, mi Señor, te necesito.


El Rey Jaime I lleva en procesión las reliquias de los Santos Mártires
en una arqueta a la ermita de San Bartolomé. Escena 10ª del
retablo de los Mártires, obra de Fr. Alfredo Colás.