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Que alguien rompa otra vez, Señor,
el frasco de tu pecho;
que su perfume llegue hasta la médula
del hombre, que lo embriague
de Ti.
Que alguien, Señor,
rompa, otra vez, el frasco de tu pecho,
que tu sangre exprimida como llaga
que el hombre pisa, tiña escandalosa,
con indeleble amor, con ígneo fuego,
la piel que nos define,
las manos que te rezan,
los labios que te aclaman, victorioso
del aguijón oscuro de la muerte.
Tomad mis puños, esta piedra bruta
que ha herido tantas veces
tu rostro anochecido
de Dios clemente y bueno;
que alguien con ellos rompa,
esta vez con cuidado,
con mimo si es preciso, dignamente,
el frasco anochecido de tu pecho. |