| Este apretón de sangre
en el racimo
está pidiendo a gritos una mano
que lo exprima y derrame
en vaso transparente
su condición de vino amoratado.
Esta es mi sangre, dice gravemente
el Señor sobre el cáliz, llameante
de amor, en plena tarde enrojecida,
y el vino se hace Dios, copa encendida
que purifica el labio que lo toca.
Gustad su ardor, paladead el gusto
a Dios de este convite,
en el brindis de amor a que os invita
la mano alzada del Señor.
Pero limpiad primero vuestros labios
de arcilla, vuestros ojos
de polvo, vuestras manos
de tierra enmohecida.
El sorbo que bebéis lleva prendido
un ascua roja con que el roto
corazón del Señor
quema encendido el borde de los vuestros.
Arded como ardería
el corazón del bosque en la visita
repentina del rayo.
Dios está siempre a punto.
Abrid de par en par los ventanales
de vuestro acogimiento.
Dios llega y llena y prende vuestra casa.
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