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Dorada cavidad, herida de oro,
erguido tulipán, hueco sagrado
donde reposa el fruto enardecido
de la llaga sangrante del costado,
brocal diminutivo en cuya herida
las palabras sagradas, manaderas
palabras como labios
de fuente interminable,
requieren del Espíritu libérrimo
poner en este cáliz, florecido
como ascuas de un rosal enamorado,
la escondida presencia
de la sangre divina, nuevamente
encarnada en la fe que nos congrega.

Otra vez el reflejo
de aquella encarnación que vio María,
amanece dorado y luminoso
en la carne del hombre.
Dorada cavidad, herida de oro,
abre tu boca apasionadamente
para que quepa Dios en tu garganta
y pásmate del ínclito milagro
de que un mar sin orillas recortables
se ajuste a tus maneras circunscritas.

Los santos Mártires ejercen el ministerio sacerdotal.
Escena 5ª del retablo de los Santos Mártires, obra de Fr. Alfredo Colás.